La escritora que estafaba haciendo arte

Lee Israel adulteró o falsificó cartas de autores como Hemingway o Dorothy Parker, las vendió y le dio un vuelco a su vida.

El día que cumplió 50 años, la escritora y periodista Leonore Carol Lee Israel (Nueva York 1939) tenía un amplio porvenir a sus espaldas.Sola, olvidada, deprimida, sin trabajo, sin dinero para el alquiler ni para tratar a su gata enferma, pensó en los buenos viejos tiempos. En sus notas como free lance durante los ‘60: artículos paraThe New York TimesEsquireSoap Opera Digest y otros medios. En sus libros biográficos, de los ‘70 y ‘80, sobre mujeres populares, fuertes y rebeldes. En su nombre en el ranking de las no ficciones más vendidas. En las ofertas laborales. Ahora, al filo de los ‘90, de proa a la vejez, imaginó que sólo navegaría un mar de misantropía. Y sin embargo, la parte más intensa de su vida estaba por empezar: su etapa delictiva.

Para entender esta conversión a la delincuencia, al arte de la delincuencia, diría ella, apretemos rewind hacia sus años clave. 1967: viaja a Los Angeles para la primera gran nota, sobre Katharine Hepburn, tras la muerte de su amor prohibido, Spencer Tracy. 1972: publica Miss Tallulah Bankhead, biografía de una actriz de escándalos y buenas frases (“Mi padre me advirtió sobre los hombres y el alcohol, pero no me aclaró nada sobre las mujeres y la cocaína”). 1979: saca el libro Kilgallen, la historia Dorothy Kilgallen, columnista de TV de palabras filosas y final trágico. 1985: lanza Más allá de la magia, biografía no autorizada de Estée Lauder, una magnate de la cosmética.

PauseCon este libro se mete en problemas. Según Israel, Lauder intenta sobornarla, en vano, para que no lo publique. Lauder cambia de táctica: decide lanzar su autobiografía al mismo tiempo que Más allá de la magia, para bajarle las ventas. Lo logra. “Macmillan Publishing me había dado un adelanto para el libro. Querían que incluyera hasta las verrugas de Lauder, aunque sus verrugas me importaban una mierda. Me equivoqué. En cambio de aceptar dinero de una mujer rica publiqué un libro malo”, explicará Israel veintitrés años después, en la cúspide de la fama.

Play. El fracaso de Mas allá… es el primero de una cadena. Su autora intenta publicar otros libros: la rechazan. Lo mismo con nuevas notas: nada. Prueba escribir ficción: tampoco. Está bloqueada. Su carácter –hosco, huraño– la aísla de todo. Ni siquiera habla con su único hermano, del que está distanciada. Toma ginebra. Mucha. Se emborracha a menudo. Recibe asistencia social. No quiere un trabajo en relación de dependencia. Ve todo oscuro. O todo claro: “Miré con lástima y desdén a los esclavos asalariados que trabajaban en oficinas. No tenía razón para creer que la vida mejoraría”, recordará algún día. La desespera no tener un dólar para tratar a su gata.

Forward. A principios de los ‘90, la bisagra. Israel visita la Biblioteca Pública para las Artes Escénicas, en el Lincoln Center. Averigua sobre la actriz Fanny Brice. Le dan, entre el material de archivo, tres cartas mecanografiadas. Las lee y alza la vista: no ve vigilancia. En un movimiento casi reflejo, esconde los sobres y vuelve a su departamento del Upper West Side de Manhattan. Al llegar, relee los textos, triviales, con manos temblorosas. Debajo de la firma de Brice queda espacio para inventar una posdata o algo más, se le ocurre. “Recibí una vieja máquina de escribir y agregué un par de frases que mejoraron el texto y elevaron el precio.”

No tanto. Vende las cartas en la librería Argosy, sin que le pregunten mucho: 40 dólares cada una. Sabe que no siempre podrá robar originales. Su idea es falsificar. Para eso, estudiará a fondo: qué artistas mantuvieron correspondencia (elige, desde luego, a los que están muertos), a quiénes les enviaban las cartas, con qué estilo, en qué papel, con qué tipografía. Compra, en tiendas de antigüedades, máquinas de escribir. Las etiqueta con el nombre de cada futuro plagiado. Practica, una y otra vez, firmas. Piensa en frases o ideas –ni insignificantes ni muy llamativas– que podrían haber escrito otros. Inventa.

El espectro de imitados es amplio: narradores, dramaturgos, actores. La importancia de sus nombres –Dorothy Parker, Ernest Hemigway, Humphrey Bogart, Noël Coward, Eugene O’Neill, Edna Ferber, Louise Brooks, Lillian Hellman, entre otros– presagia que la estafa va a saltar más temprano que tarde. Arrebatada por su plan, por el alivio económico y por la excitación de lo prohibido, Israel sigue adelante. Procura que el precio de las cartas –que les vende a libreros y anticuarios– no llame la atención. Cobra, en general, entre 50 y 100 dólares por pieza.

Durante un tiempo, todo funciona. “Mi éxito como falsificadora estaba de algún modo en sincronía con mi antiguo éxito como biógrafa. Durante décadas había practicado una especie de fusión con los artistas. Decir que en las cartas canalicé como una medium es apenas una ligera exageración.” Uno de sus preferidos para “canalizar” es el dramaturgo inglés Noël Coward, que reside en el más allá desde 1973. Israel le inventa un epistolario entero. En el libro Cartas de Noël Coward, compilado y editado por el experto Barry Day en 2007, mucho después de que el engaño se hiciera público, figuran –por error– dos falsificaciones de Israel. “Con quien más me divertí jugando fue con Coward; al final, creo que me divertí demasiado”, admitirá ella.

En 1992 ya sabe que está en la mira de coleccionistas (uno, por ejemplo, sospecha de una carta en la que Coward habla de su homosexualidad). Cambia, entonces, de modus operandi. Visita archivos y bibliotecas (desde la Pública de Nueva York hasta las de Columbia, Yale, Harvard y Princeton), y anota cada detalle de cartas de ilustres. En su casa, con esa información tomada, las clona. Deja pasar un tiempo. Vuelve y cambia las originales por las apócrifas. Finalmente, roba las originales –talento cleptómano en épocas de sistemas de detección menos sofisticados– y las vende. Mejor: se las hace vender a un ex convicto amigo.

“Fui mejor escritora al falsificar que lo que había sido como escritora a secas”, escribió en sus memorias.

La estrategia se termina cuando David Lowenherz, experto en manuscritos y autógrafos, escucha que una carta de Hemingway que él había comprado era de la Universidad de Columbia. Se comunica con las autoridades y les explica. En Columbia descubren que tienen archivada una falsificación. El FBI se lanza sobre Israel, que, finalmente, en 1993 se declara culpable. Recibe seis meses de arresto domiciliario y cinco años de libertad condicional. A esa altura, en menos de dos años, había adulterado, copiado o inventado unas 400 cartas. La sentencia incluye un tratamiento de su alcoholismo, que no cumple. Las cartas son devueltas a sus lugares de origen, aunque es imposible rastrearlas a todas.

Israel arde en la hoguera pública. Aunque Naomi Hample, una de las dueñas de Argosy y ex clienta suya, declara: “Fue horrible, pero ella hizo cartas extraordinarias”. Hasta Carl Burrel, el agente del FBI a cargo del caso, reconoce que las falsificaciones son “brillantes”.

En 2008, la ex falsificadora da su último golpe exitoso; legal pero cuestionado: publica sus memorias, Can You Ever Forgive Me? Esta vez es acusada de hacer apología del delito y de lucrar con una historia políticamente incorrecta. Diez años después se estrena la película, llamada igual que el libro, con Melissa McCarthy como protagonista. La reciben bien: Israel tomó la precaución de morirse en 2014, cuatro años antes, por un mieloma, a los 75. Estaba trabajando como editora de la revista Scholastic. Seguía sola. No se arrepentía de nada: “Creo que las cartas fueron mi mejor trabajo. Fui mejor escritora al falsificar que lo que había sido como escritora a secas”.

Fuente: Clarin https://www.clarin.com/viva/escritora-estafaba-haciendo-arte_0_Bt-67ccKz.html

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